El camaleón busca un refugio dónde estar.
Sus patas se arrastran sobre el suelo
y a su paso la tierra se confunde con sus dedos.

Rota sus ojos en súbitos compases.
Su cuerpo resplandece con la luz del sol
y se pierde contra el fondo del desierto azul.

El camaleón se para de puntas para alcanzar.
No recuerda cuál es su color original;
se piensa transparente, casi de cristal.

Se lame los coágulos secos de las heridas.
También su sangre cambia con el ambiente,
con la escoria, con la envidia y con la gente.

El camaleón cae muerto sobre una gran piedra.
Y mientras se va el sol y aparece la gran luna
su cuerpo vuelto miles de lugares lentamente se esfuma.