Qué bárbara
Nadie me sabe
y nadie me ha sabido [      ].

Y mis labios son lava
mis dedos son lumbre
las palabras que escribo
son ponzoña y carbones ardientes.

No hay perdón qué pedir,
no quiero que haya;
dejar de ser así es dejar de escribir
es cortarme un pedazo grande
es morir por dentro y no volver a respirar.

Y no tener perdón
también es en parte mortal
también me destroza
me hunde, me avergüenza, me avienta
me sacude y me deja descubierta en el piso.

El silencio autoimpuesto
es otra de mis flagelaciones
otra de las transparentes
de las que parecen aire que nadie respira
ni quisiera respirar.