Todos los días, la gente que tiene nombres comunes los oye repetidos o incluso se los dice a alguien más. Hace poco me lo corroboraron. Seguro hay miles de nombres comunes repetidos por ahí, pero el mío sólo es mío. No es presunción. Más bien es algo que parece bendición y maldición al mismo tiempo. Yo no le doy mi nombre a nadie. Y generalmente, la gente que conozco no conoce a otra Ilsa más que a mí. Y a nadie llamo por mi nombre más que a mí. Tocayo es algo que no me pertenece. El sentido de afecto por una casualidad tan mundana como que a dos pares de personas en tiempos y espacios separados se les haya ocurrido entregar la carga de un nombre específico a sus vástagos, me es ajeno.

Ajena. Así me siento cuando seguramente por momentos nadie pronuncia mi nombre en la tierra.

And don't get me started with language correspondances.