Tuve la fortuna de haber crecido leyendo, escuchando y viendo muchísimos cuentos. De todos mi favorito es el de la caja de yesca. Alguna vez lo grabé para alguien. Pero esto no se trata de ese cuento.

Esto se trata de un cuento que vi en Cachirulo hace mucho tiempo. Después supe que era de Hans Christian Andersen. Lo pueden leer aquí: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/andersen/ruisen.htm.

A veces siento que vivo en un mundo de ruiseñores mecánicos. Veo sus ojos de bolita, de cuentas plásticas. Se mueven de un lado a otro y repiten sus movimientos cientos de veces. Cantan siempre la misma canción, incesantemente. 

Siempre después del cuento, incluso cuando niña, me queda la sensación de que el emperador no merece al ruiseñor. Pero después de pensarlo, creo que no es cuestión de si el emperador merece o no. El ruiseñor tiene como su más grande regalo las lágrimas del emperador. Ésas sólo se consiguen del emperador. Nadie más se las puede dar. O al menos eso es lo que él cree.

Al final, pienso que los emperadores pueden jugar a dejar a los ruiseñores libres un tiempo, pero después querrán ponerlos otra vez en la jaula y amarrarlos a los pies de los que se supone les sirven. Pueden jugar a amarlos, pero cuando llegue un nuevo juguete se olvidarán de ellos otra vez. Y los ruiseñores se engañarán, irán y regresarán. Creo que esta es la condición humana. Y creo que todos ocuparemos el papel de emperador y el papel de ruiseñor alguna vez.

Otra vez, como hace años, la esperanza se me hace muy pequeña. Más pequeña. Pequeñita. Y mis noches son intranquilas, vacías, de calores inventados y pensamientos que nacen marchitos. Creo que siempre tuve muchísima esperanza, muchísima fe. Y ahora que ya casi no tengo, cuando la doy creo que necesito un trueque exactamente recíproco. Las arcas están peligrosamente bajas. No sé que sea de mí si se vacían.