Cuando se levantó, fue a ponerse su perfume de coco para sentirse viva otra vez. Lo aspiró y su cuerpo se fue llenando de una sensación tibia y placentera. Como el agradecimiento al ritmo de la masticación de una papa. Más tarde se encontró caminando por las calles del centro. En la tarde los olores que dejan las frutas y verduras llenaban el aire con el aroma amargo de las cosas que se quedan porque nadie se las quiso llevar. Se sentó un rato porque estaba cansada de caminar. Bajó la cabeza por unos momentos y la puso sobre sus rodillas; desde ahí todo se sentía mejor. Cuando quiso probar levantar la cabeza se vio sobrecogida por un hombre que pasaba por ahí. Vestía harapos sucios. Las capas y capas de saco sobre sudadera sobre sweater sobre camisa sobre camiseta sobre blusa sobre ropa interior y de trusas bajo boxers bajo shorts bajo bermudas bajo pantalones bajo falda lo hacían ver más gordo de lo que su demacrada cara aseguraba. Una barba muy crecida la tapaba casi toda, pero debajo de sus ojos se podían ver grandes bolsas moradas y aún más abajo unos pómulos demasiado saltados. Su pelo parecía una enredadera de cardos, infranqueable habitación de un sinnúmero de animalejos. No fue la decadencia del ser humano lo que la sobrecogió. No fue la impresión de la caída al hoyo más profundo lo que la hizo detenerse a verlo. Fue el hedor que desprendía cuando pasaba y que ella se vio forzada a absorber. Se sintió violada por el impacto odorífero y se quedó inmóvil durante varios instantes. Cuando pudo reaccionar, el hombre ya se había ido. También se habían ido el aroma de fruta y verdura podrida y su delicioso olor a coco. Sólo perduraba el olor a heces y tierra, el olor a sangre coagulada y carne molida y el de perro mojado y desdicha perenne que se había instalado, después del paso del hombre, en ella.