Tomé los platos con un deseo de esos que por inalcanzables se vuelven infinitos. Los vi otra vez y los dejé ahí, en donde antes no estaban. Miré a mi amiga con toda mi bancarrota doceañera.
--¿Y si los dejamos aquí? Este puede ser su nuevo lugar.
--Sí, pero yo digo que ahora se llamen Akuzokozasgano.
No vi ningún problema con eso. Cuando volví a nuestra tiendita, una semana después, los platos seguían donde yo los había puesto, pero todo lo demás había cambiado. Lo más alarman...
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